En los últimos años, la zona alta de Nono, en la que tienen sus tierras los campesinos indígenas, ha sido parcialmente tomada por fundaciones “ecologistas” que buscan hacer negocios atrayendo a turistas que desean visitar el volcán, las lagunas y el paisaje agreste de la altura. También la quebrada que pasaba por Nono ha sido tomada para el consumo de Quito. En síntesis, los procesos de revalorización turística de las zonas de altura, la presión de la ciudad y la pérdida de sus principales zonas productivas, explican su conversión en una parroquia con un centro poblado fantasma, cuya viabilidad está en franca duda.